No me gusta
quejarme pero si necesito desahogarme y por eso intento escribir estas líneas.
No soporto muchas
cosas, como por ejemplo que no se tire de la cisterna del water, o llamar a
alguien por teléfono y que no te cojan la llamada. Tampoco me gusta hablar
mucho por teléfono si la persona con quien lo hago no es de mi agrado. Pequeñas
manía que despiertan en mí un resquicio de rabia que canalizo bien pero que en
los momentos que las sufro no me sientan nada apropiadas.
Otra de las cosas
que me encorajan es la costumbre que se está perdiendo de cruzarte todos los
días con la misma persona y no dirigirte ni los buenos días. Pero en fin, son manías
superables.
Todo esto a que
viene, a lo siguiente: hay una mujer que le gusta pasear a su perro por la
mañana. Me cruzo con ella casi todos los días. Es una mujer de unos cuarenta y
cinco años y es atractiva. Tiene una figura estilizada y el pelo cortado a
media melena. Pero a pesar de ser guapa y pasear a su perro, que eso demuestra
que tiene sensibilidad, no nos damos los buenos días y, no es que seamos
conocidos. No sé nada de ella ni me interesa. Es educación. Y como decía mi tía
Queque (diminutivo que viene de Mercedes) se esta perdiendo el civismo y cada
vez, a pesar de vivir en piso de 60 o 90 metros y estar tan juntos como sardinas en
lata, somos para nuestros vecino auténticos desconocido.
Mi tía Queque
trabajo en la Base Militar
DE Morón hace ya muchos años. Era limpiadora. Tenia contacto con los americanos
y el primer cigarrillo que fume fue uno americano, porque ella fumaba y yo se
lo hurté.
A mi tía le
gustaban mucho las muñecas americanas y tenía toda la casa llena de ellas.
Algunas eran Nancy, muñecas con las que jugaba mi hermana.
Nos traía muchas chocolatinas.
Creo que ha sido en la época que más chocolatinas he comido. Estaban
deliciosas. Tenia un gusto a chocolate que no he conseguido encontrar en
ninguna otra marca de chocolatina, y mira que las he buscado por todos los
supermercados de dónde vivo y de dónde he ido de viaje por esta mi Andalucía.
Soy andaluz, nací
en Sevilla y mis padres, cuando se casaron, se fueron a vivir a Nueva Sevilla,
un lugar perdido del mapa de España que está entre Castilleja de la Cuesta y Bormujos.
La zona ha cambiado
ahora mucho. Ya es para mi casi irreconocible el paisaje urbano que se han
construido en los campos que antes daban pipas de girasol. Pero siento un
cariño especial por este lugar.
Soy andaluz, como
he dicho ante, pero apenas conozco a esta tan grande Andalucía. Roquetas de Mar
que esta en el extremo Oriental de mi tierra me suena tan lejano como Eibar,
que esta en el País Vasco.
Una de las
carencias que tengo en mi vida son los viajes. Descubrir paisajes tiene que ser
algo maravilloso, pero mi economía no me lo permite y no puedo pasear por los
parajes de esta antiquísima tierra.
En fin, soy un
viajero frustrado, pero por ello uso mucho mi imaginación, y cuando hablan de
Ronda, me la imagino sobre montañas que tienen grandes acantilados a sus pies.
O cuando hablan de Marbella, veo una ciudad de lujo llena de barcos en su
puerto, barcos particulares, deportivos, que sus dueños son los más ricos
jeques árabes.
Con mi ciudad me
pasa lo mismo pero esto me da mucho más coraje. No la conozco lo suficiente
como para hacer de cicerón a alguien que venga de fuera. Me limitaría a
enseñarle los Alcázares, en los que he estado varias veces, y la Catedral que empezó
siendo Gótica y acabo con estilo. Renacentista

Pero no voy a decir
aquí todo lo torpe o malo que soy. También tengo cosas positivas. Por ejemplo,
me encanta disfrutar de una charla tomando un café y hablar de libros,
películas o series de los años 80. Eso fue lo que hice este sábado con mis
amigos Jesús y Javier. También me agrada mucho escribir. Es una de mis mayores
aficiones. Escribo, prácticamente, cuando tengo un rato libre. Dicen que
Antonio Machado, en una de sus frases celebres, dijo que aquel hombre que habla
consigo mismo espera hablar con Dios en algún momento. Yo de la segunda parte
de la frase no espero nada. Soy agnóstico. Para mi hablar conmigo mismo es
escribir pues ahí dónde no encuentro censuras y mis pensamientos divagan por
lugares libres.
De los grandes
pensadores españoles se puede aprender mucho, y en este país que se llama
España, además de tener político ladrones, tenemos también grandes pensadores.
Pero esto son ya
divagaciones que comprometen cambiar el rumbo del relato.
Mi tía Queque tenía
el pelo blanco a pesar de ser joven. Yo también lo tengo y mi padre era otro
que lo tenía. En mi familia las canas son algo de herencia. No nos dejamos
dinero porque somos pobre de necesidad pero nuestra dinastía se pierde en el
tiempo de los hombres y las mujeres de pelo canoso. También nos hemos dejado el
gusto por la Literatura. Yo
ahora estoy tomando unas pastillas futísimas para la alergia y me quedo dormido
mientras leo. Se me juntan todas las líneas y creo que hasta me pongo algo
bizco. Pero ya llegaran tiempos mejores. El miércoles dejo de tomarlas y, otra
vez, podré dedicarle a mi gusto el placer de la lectura.
Recuerdo perfectamente
cuando mi tía Queque llegaba de la base y empezaba a subir la cuesta donde
tenía la casa en Morón. Era tan empinada como una escalera mecánica de un
centro comercial. Ella doblaba un poco la espalda para coger más fuerzas en las
piernas. Cuando llegaba arriba, ya casi sin aliento, nos daba un abrazo a mi
hermana y a mí y un beso de achuchón.
Hoy he conocido a
una chica estupenda. Es frutera y trabaja todos los días de la semana. Incluso
los domingos. Es morena. Con el pelo rizado y un desparpajo que evidencia que
es una persona con mucha seguridad en si misma. Es guapa y ella lo sabe. Para
mi, tomarme un café con ella seria como jugar la Champion League.
Pero tengo suficiente con comprar allí para comer sano y además imbuirme de su
derroche de simpatía.